Las cartas pastorales tienen un poder normativo especial para la iglesia. No porque el resto de la Escritura sea menos importante, sino porque estas cartas fueron escritas precisamente para ordenar los asuntos eclesiásticos, establecer normas en la vida de las iglesias y regular el servicio, el comportamiento y la conducta de sus miembros.
Tito es una de esas epístolas. Por eso, al leer Tito 2:1-5, no estamos tratando simplemente un tema sobre feminidad, servicio femenino o buenas costumbres cristianas. Estamos viendo algo que Pablo mismo coloca dentro de la sana doctrina. Es decir, este asunto tiene que ver con la salud de la iglesia.
La explicación de Tito 2:1-5 nos muestra que Dios ha puesto en su iglesia mujeres maduras, reverentes y piadosas para enseñar a las más jóvenes aquello que es bueno. No se trata de una tarea secundaria, ni de una tradición cultural sin importancia. Se trata de una obra necesaria para que la Palabra de Dios no sea blasfemada, sino adornada por vidas redimidas.
En Creta, Tito enfrentaba una sociedad corrompida. Pablo cita incluso a uno de sus propios profetas diciendo: “Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones perezosos”. Y aun en ese contexto, Dios quería plantar iglesias, ordenar ancianos y formar hombres y mujeres que glorificaran su nombre.
Esto es sorprendente. Porque el evangelio no solo salva almas; también restaura vidas, hogares, relaciones y comunidades. Tito 2:1-5 es un texto que busca restaurar la carne muerta de una sociedad corrompida, dándole un orden nuevo conforme a la Palabra de Dios y el efecto del evangelio.
Y en esta tarea, las mujeres cristianas cumplen un rol muy importante.
Las características de las maestras del bien
Pablo comienza hablando de las mujeres mayores, las ancianas. Pero no se refiere simplemente a cualquier mujer de edad avanzada. La edad por sí sola no produce sabiduría espiritual. Como recuerda la Escritura, la insensatez puede morar tanto en la vejez como en la juventud.
Estas mujeres mayores son llamadas a enseñar a las más jóvenes, pero para hacerlo deben poseer ciertas características. No basta con tener años. No basta con haber vivido mucho. Deben ser mujeres piadosas, maduras, controladas, sabias y ejemplares.
En otras palabras, las maestras del bien deben enseñar no solo con palabras, sino con una vida que respalde lo que enseñan.
Reverentes en su conducta
La primera característica es que sean reverentes en su conducta. La palabra usada aquí apunta a una conducta apropiada para la santidad. Tiene una raíz relacionada con cualidades sacerdotales, con aquello que corresponde a una vida consagrada delante de Dios.
Esto significa que las mujeres maduras de la iglesia deben ser claros ejemplos de piedad cristiana. Mujeres conocedoras de la Palabra. Mujeres llenas de amor por Dios y por el prójimo. Mujeres de oración, de servicio, de obediencia, de conducta seria y respetable. Su vida debe producir reverencia y respeto en las más jóvenes. No simplemente por sus canas, sino por su piedad. No por imponerse, sino porque su testimonio pesa. No porque hablen mucho, sino porque han vivido delante de Dios.
La mujer que enseña a otras debe poder decir con su vida: “Esto que te enseño, lo he aprendido caminando con el Señor”.
No calumniadoras
La segunda característica es que no sean calumniadoras. El término usado por Pablo está relacionado con la palabra “diablo”, y eso debe hacernos temblar. La calumnia es un pecado destructivo. Destruye reputaciones, divide hogares, contamina iglesias y sirve a los propósitos del enemigo.
Las mujeres maduras no deben usar su lengua para destruir. Deben guardarla sabiamente.
Esto es especialmente importante porque, en las Escrituras, el pecado del chisme y la calumnia aparece con frecuencia relacionado con el uso desordenado de la lengua. Una mujer que desea enseñar el bien debe haber aprendido a hablar bien. No en el sentido de hablar bonito, sino de hablar con sabiduría, verdad, prudencia, dominio propio y amor.
Una maestra del bien no puede ser una fuente de rumores. No puede tomar la vida de otras personas como material de conversación. No puede destruir con sus palabras aquello que Cristo ama.
La mujer madura debe enseñar a otras también con su lengua: una lengua que no calumnia, sino que edifica.
No dadas al vino
Pablo también dice que no deben ser esclavas del vino. Literalmente, se refiere a no estar dominadas por el vino, pero el principio va más allá: no deben estar esclavizadas por nada.
La mujer madura debe ser dueña de sí misma, llena del Espíritu Santo y marcada por dominio propio. No debe refugiarse en vicios, dependencias, desórdenes o hábitos que gobiernen su vida. Debe ser una mujer controlada, sobria, firme.
Estas tres características —reverencia, sabiduría en el hablar y dominio propio— describen una mujer madura y ejemplar. Pero también deben ser vistas como una meta para toda mujer cristiana. No se trata simplemente de alcanzar estas cualidades para luego enseñar a otras; se trata de que estas cualidades evidencian un carácter formado por la sana doctrina.
Así se vive la sana doctrina en la iglesia.
El deber de las maestras del bien
La Escritura enseña que las mujeres no deben enseñar en el culto público ni ejercer gobierno sobre los hombres. Pero eso no significa que las mujeres no enseñen. Tito 2 muestra que ciertas mujeres deben enseñar a otras mujeres, especialmente a las más jóvenes.
Y esta enseñanza no queda a libre elección. Pablo establece un currículo. Hay cosas concretas que deben ser enseñadas.
Las mujeres mayores deben enseñar aquello que es bueno. Esto puede incluir principios amplios de la feminidad bíblica, ejemplos de mujeres piadosas en la Escritura y aplicaciones prácticas de la vida cristiana. Pero Pablo menciona áreas específicas que son necesarias para la vida de las mujeres jóvenes.
Enseñar a amar a sus esposos
Lo primero que menciona Pablo es que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus esposos.
¿El amor se puede enseñar? Sí. Y debe enseñarse.
Muchas mujeres jóvenes pueden descuidar a sus esposos por sueños, vanidades, resentimientos, carencias matrimoniales o ideas tomadas del mundo. Algunas condicionan su amor a los errores del marido. Otras justifican la irreverencia, la frialdad o la rebeldía porque sienten que no han recibido lo que esperaban.
Pero la mujer cristiana no está llamada a amar solo cuando el esposo es perfecto. Está llamada a amar conforme a la Palabra de Dios.
Las mujeres mayores, por la madurez adquirida en la Escritura, la reflexión, la experiencia y los años, pueden ayudar a las más jóvenes a comprender lo que significa amar al esposo. Pueden aconsejar, corregir, animar, advertir y guiar. Pueden ayudar a las jóvenes a ser mujeres que den bien y no mal, como la mujer virtuosa, en lugar de convertirse en carcoma para los huesos del hogar.
Este ministerio puede salvar matrimonios.
Enseñar a amar a sus hijos
Pablo también dice que las mujeres mayores deben enseñar a las jóvenes a amar a sus hijos.
Esto es profundamente necesario. Muchas veces se define el amor materno como un conjunto de emociones privadas. Pero el amor bíblico no se define por sentimentalismo, sino por obediencia a Dios.
Las mujeres mayores han tenido oportunidad de estudiar, aplicar e incluso reinterpretar en distintas etapas los principios de la Palabra sobre la crianza. Muchas ya han visto a sus hijos crecer. Han aprendido por obediencia, por errores, por lágrimas, por oración y por la gracia de Dios.
Por eso pueden enseñar a las más jóvenes a criar hijos en el temor del Señor, no simplemente a prepararlos para esta vida, sino para amar y temer a Dios.
Nuestra sociedad reduce la educación de los hijos a capacitación académica, éxito laboral o habilidades sociales. Pero la madre cristiana debe mirar más profundo: quiere hijos piadosos, formados en la disciplina del Señor, instruidos en las Escrituras, guiados hacia Cristo.
Las maestras del bien deben recordar a las jóvenes que amar a los hijos no es consentir su pecado, ni rendirse a las emociones, ni vivir para complacerlos. Es criarlos para el Señor.
Enseñar sensatez y pureza
Pablo continúa diciendo que las mujeres jóvenes deben ser sensatas y puras.
La sensatez implica sobriedad, dominio propio y una mente juiciosa. Aunque muchas veces se adquiere con los años, también puede ser enseñada. De hecho, esa es una de las grandes premisas de Proverbios: una generación puede transmitir sabiduría a la siguiente para acortar el camino de la necedad.
La pureza, por su parte, tiene que ver con la vida moral, la castidad, la forma de relacionarse, la manera de vestirse, el corazón y la conducta. Este es un tema que las mujeres maduras deben manejar con claridad bíblica, no con legalismo, pero tampoco con la ligereza del mundo.
Las jóvenes necesitan mujeres que les enseñen a vivir con dominio propio, con mente clara, con pureza, con temor de Dios y con una hermosura espiritual que no dependa de la sensualidad ni de la aprobación externa.
Enseñar a cuidar el hogar
Pablo también habla del cuidado del hogar. La mujer virtuosa desempeña gran parte de su virtud dentro del hogar. Esto no se refiere solo a amar a su esposo y a sus hijos, sino a asumir con diligencia las responsabilidades que Dios ha dado en la casa.
La mujer debe ser cuidadora y trabajadora de su hogar. Proverbios 31 presenta a una mujer que administra, trabaja con sus manos, prepara su casa, dirige a sus criadas, se anticipa a las necesidades y actúa con diligencia.
Esto también debe enseñarse. No todas las mujeres jóvenes saben cómo organizar una casa, administrar recursos, servir con sabiduría, planificar, cuidar, trabajar y hacer del hogar un lugar de bendición. Las mujeres mayores pueden y deben enseñar con ejemplo, consejo y exhortación práctica.
La piedad no flota en el aire. Se ve en la casa.
Enseñar bondad y sumisión
Pablo añade que sean bondadosas y sujetas a sus maridos.
La bondad aquí se relaciona con buenas obras, con una vida obediente a la Palabra de Dios, con un carácter benigno, suave y apacible. Las mujeres mayores deben guiar a las jóvenes a abundar en buenas obras, a servir, a ayudar, a ser espiritualmente hermosas.
También deben enseñar la sumisión bíblica. Esto no es inferioridad ni pérdida de dignidad. Es obediencia al diseño de Dios. En el matrimonio, la sumisión de la esposa representa la relación de la iglesia con Cristo. Por eso no es un asunto pequeño.
¿Qué sería de una iglesia que no se somete a Cristo? Una abominación. ¿Y qué es una esposa que rehúsa someterse al diseño de Dios para su matrimonio? También una grave contradicción del evangelio que profesa.
Las mujeres jóvenes necesitan escuchar esto de mujeres mayores que no hablen solo en teoría, sino desde una vida trabajada por Dios. Una mujer madura puede enseñar la sumisión de manera más cercana, sabia y menos conflictiva. Puede ubicar, exhortar, animar y acompañar.
Y las mujeres jóvenes deben aprender a buscar esa enseñanza. Deben pedir consejo, escuchar, recibir instrucción y no despreciar a quienes Dios ha puesto para guiarlas.
El propósito de las maestras del bien
Pablo da la finalidad: “para que no se hable mal de la palabra de Dios”.
Esto es muy serio. La conducta de las mujeres cristianas puede hacer que la Palabra sea honrada o blasfemada. Si las mujeres que profesan piedad son irreverentes, rebeldes, descuidadas, frías con sus esposos, negligentes con sus hijos, impuras o insensatas, el mundo ve un retrato horrible de la feminidad que supuestamente produce la Palabra de Dios.
Pero cuando las mujeres jóvenes son enseñadas por mujeres maduras, y viven conforme a estas cosas, la Palabra de Dios es adornada. El nombre del Señor es protegido. La luz del evangelio resplandece en una feminidad santa, piadosa y restaurada.
Cristo edifica a su iglesia mediante la actividad propia de cada miembro. Y una actividad propia de las mujeres maduras es cultivar estas virtudes en las más jóvenes.
El nombre de Dios está en juego. La Palabra de Dios está en juego. La conducta de una mujer en estas áreas no puede verse como poca cosa.
Aplicación práctica para la vida cristiana
La explicación de Tito 2:1-5 nos llama a una revisión seria.
A las mujeres maduras les pregunta: ¿estás viviendo de manera reverente? ¿Tu lengua edifica o destruye? ¿Eres dueña de ti misma o estás dominada por otras cosas? ¿Estás enseñando a las más jóvenes aquello que es bueno?
A las mujeres jóvenes les pregunta: ¿estás dispuesta a aprender? ¿Buscas consejo? ¿Recibes exhortación? ¿Quieres ser enseñada en cómo amar a tu esposo, criar a tus hijos, cuidar tu hogar, vivir en pureza, sensatez, bondad y sumisión?
Y a la iglesia entera le recuerda que este ministerio no es opcional. Una iglesia sana necesita maestras del bien. Necesita mujeres maduras que formen mujeres jóvenes. Necesita feminidad cristiana visible, práctica, obediente y hermosa delante de Dios.
Conclusión
Al final, el evangelio también se muestra en las mujeres. En el mismo capítulo, Pablo dice que la gracia de Dios se ha manifestado para salvación y nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para vivir con dominio propio, justicia y devoción, aguardando la bendita esperanza.
Cristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien.
Ese pueblo incluye mujeres redimidas, mujeres dedicadas a hacer el bien, mujeres que enseñan la sana doctrina con una vida santa y piadosa, mujeres que aprenden, mujeres que aman, mujeres que cuidan, mujeres que sirven, mujeres que adornan el evangelio con su conducta.
Esta es la verdadera explicación de Tito 2:1-5: Dios ha puesto maestras del bien en su iglesia para formar mujeres jóvenes que vivan conforme a la sana doctrina, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada, sino honrada.
Amada hermana que enseñas, y amada hermana que aprendes: la gloria de Dios está en juego. Toma con seriedad este asunto.