¿Qué tiene que ver un buey trillando grano en un campo del Antiguo Testamento con el pastor que les predica cada domingo? A simple vista, nada. Pero para el apóstol Pablo, la conexión es total.
Dios, que se preocupa por el bienestar del animal que trabaja, se preocupa infinitamente más por el sustento de quienes trillan la Palabra para darnos el pan de vida. Esta es la columna vertebral de lo que Pablo le escribe a Timoteo en 1 Timoteo 5:17–18, y este es el asunto que quiero que examinemos juntos con la seriedad que merece, porque no se trata de una cuestión administrativa ni de un debate sobre presupuestos eclesiales. Se trata de justicia. De la justicia que Dios exige.
¿Qué significa exactamente ese «doble honor»?
Lo primero que hay que entender es que Pablo usa la palabra honor de forma amplia en todo el capítulo 5. Hay honor entre hermanos —que se traduce como respeto y buen trato según la edad y condición de cada quien— honor para las viudas —que se expresa en su sostenimiento económico— y, finalmente, el honor que se le debe a los líderes de la iglesia. En este último caso, Pablo habla de un honor doble, y aquí es precisamente donde comienza la discusión.
Este doble honor parece tener dos porciones bien definidas: el respeto es una, y el sustento económico es la otra. No es difícil deducirlo del contexto general del texto. En los versículos 1 y 2, el término honor apunta a reverencia y buen trato. El uso de la palabra anciano en vez de presbítero o supervisor enfatiza ese aspecto, ya que en Israel el anciano era una figura a quien se le debía demostrar reverencia de manera casi instintiva. La segunda forma del honor aparece claramente en el versículo 18 y en la aplicación que se hace a las viudas de la lista, refiriéndose inequívocamente al sostenimiento económico de estos.
Así pues, el doble honor no es un concepto vago ni sentimental. Significa una doble responsabilidad concreta de la iglesia con respecto a ciertos líderes: el respeto y el sustento económico. Dos cosas reales, dos cosas medibles, dos cosas que la iglesia puede dar o negar.
¿A quiénes se les debe este honor doble?
Dicho esto, debemos preguntarnos a quiénes tiene Pablo en mente. Y aquí es donde el texto se pone especialmente interesante, porque Pablo distingue dos tipos de líderes.
El primero es el anciano que gobierna bien. El que dirige bien los asuntos de la iglesia —como lo traduce la NVI— o el que cumple bien su función —como dice la NTV. En la teología reformada, a este lo llamamos el anciano gobernante. Y lo que Pablo dice aquí es llamativo: si este anciano se destaca particularmente en su función de gobierno, la iglesia debería considerar darle una dedicación exclusiva a ese ministerio. Es decir, que un anciano gobernante, si hace su trabajo con excelencia genuina, merece ser sostenido para que pueda hacer ese trabajo con toda la dedicación que requiere.
Esto choca un poco con la práctica de muchas iglesias reformadas, donde el anciano gobernante es visto como alguien que no debería aspirar al ministerio a tiempo completo. La lógica usual es que los recursos deben inclinarse hacia el sustento del pastor. Y en cierta medida eso es correcto, como veremos enseguida. Pero Pablo no excluye al anciano gobernante que se distingue. Lo que nos hace pensar en lo distinta que era la vida eclesial del primer siglo frente a nuestra cultura eclesiástica moderna, donde frecuentemente esperamos que sea el pastor el que también dirija todos los asuntos administrativos de la iglesia.
El segundo tipo —y el que está especialmente en consideración en este pasaje— es el anciano que trabaja en la predicación y en la enseñanza. El pastor. El texto usa un término para trabajar que implica dedicación sostenida y esfuerzo continuado, por eso la NVI traduce como «dedican sus esfuerzos a» y la NTV dice que «trabajan con esmero». Esto, en el primer siglo, se traducía en todo el espectro del ministerio pastoral que vemos en las Escrituras: la predicación pública a la congregación, la enseñanza particular de casa en casa, la consejería persistente, la obra de evangelista, el discipulado de nuevos creyentes, la capacitación de nuevos líderes. Un trabajo de tiempo completo que no reconoce horario de oficina.
Si el buen Pastor amó tanto a sus ovejas que se entregó por ellas, ¿acaso dejará bajo su cuidado a estas con ministros que usan la sobra de su tiempo para alimentarlas?
Y entre los que deben ser sostenidos, los pastores están de primero en la lista. La razón es simple pero profunda: la importancia del ministerio de la Palabra. Nada en la vida de una iglesia depende tanto de la salud como de la calidad y fidelidad de su predicación.
El fundamento bíblico: por qué esto no es una opción sino un deber
Ahora bien, una vez comprendido qué significa el doble honor y a quiénes se les debe, hay que adentrarse en la justificación bíblica que usa Pablo. Porque aquí el apóstol no está dando una sugerencia pastoral amable. Está construyendo un argumento legal y teológico que va desde el campo de trillar del Antiguo Testamento hasta las palabras mismas de Jesús.
El buey y el ministro: un principio de Deuteronomio
Pablo cita en primer lugar Deuteronomio 25:4: «No pongas bozal al buey mientras esté sacando el grano». A primera vista, esta cita parece fuera de lugar. Pero hay que entender el contexto del capítulo 25 de Deuteronomio. Allí se trata de manera particular el tema de la dignidad de las personas en sus funciones concretas: los versículos 1 al 3 hablan de la dignidad del condenado a los azotes —a quien no se le permite humillar recibiendo más de cuarenta—; los versículos 5 al 10 tratan sobre los derechos de levirato de las viudas. En medio de todo esto, el asunto del buey parece discordante, pero el principio que articula es magnífico: todo ser viviente que cumple una función dentro del orden de Dios tiene derecho a disfrutar del beneficio de esa función.
Así como el buey tiene derecho de comer del trabajo que realizaba —y era ilegal e injusto ponerle un bozal que lo privara de eso—, así también es necesario que los líderes aquí designados reciban su sustento. Pablo desarrolla este mismo argumento con más detalle en 1 Corintios 9:9–11, y allí usa una palabra que hay que subrayar con fuerza: derecho. No una ofrenda. No un acto de compasión. Un derecho. Si Dios tuvo tal consideración con los bueyes —simples animales irracionales—, ¿no la tendrá con aquellos que están encargados de alimentar y pastorear a sus preciosas ovejas? La respuesta es más que evidente.
El obrero y el ministro: las palabras de Jesús
La segunda cita que usa Pablo viene del Nuevo Testamento, y es especialmente significativa porque son palabras del mismo Señor Jesús, recogidas por Lucas en el capítulo 10, versículo 7: «Quédense en esa casa, coman y beban de lo que ellos tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario». El contexto habla de los setenta designados por el Señor para llevar el mensaje del evangelio. Y el término obrero aquí es clave.
«El trabajador tiene derecho a su salario.»
Lucas 10:7 · citado en 1 Timoteo 5:18
Normalmente entendemos ese término como referente a cualquier cristiano en general, pero la realidad es que se refiere a los ministros. El mismo versículo de 1 Timoteo 5:18 lo confirma al aplicarlo directamente a los ancianos antes mencionados. Y Lucas 10 también lo confirma de forma práctica: el Señor designó a estos hombres con condiciones específicas —no llevar monedero, bolsa, ni sandalias—, es decir, fueron designados y condicionados a ser sostenidos por aquellos a quienes servían. No ocurre así con todos los creyentes indistintamente.
Pero hay algo más: detrás de este principio había un trasfondo legal en el Antiguo Testamento. En las leyes de Israel, retener el salario a un jornalero era un acto ilegal, y Dios mismo se interponía ante eso, afirmando que si el jornalero clamaba contra quienes se negaban a pagar, el Señor mismo castigaría a los infractores. Esto no es retórica. Es jurisprudencia divina.
Los sacerdotes y el ministro: el principio del templo
A lo anterior hay que añadir brevemente el ejemplo de los sacerdotes que Pablo despliega en 1 Corintios 9:13–14. Allí el apóstol no compara a los ministros con sacerdotes en un sentido litúrgico o sacramental. Lo que hace es extender un principio: así como los sacerdotes servían en el templo y recibían su alimento del templo, así los que predican el evangelio deben vivir de ese ministerio, porque el Señor lo ha ordenado. Es una ordenanza. No hay forma de suavizarlo.
El fruto de todo esto: qué gana la iglesia cuando sostiene a sus pastores
Llegados a este punto, alguien podría preguntar: ¿hay algún beneficio concreto para la iglesia en todo esto? La respuesta es doble, y ambas partes son igualmente importantes.
Se cumple con las justas demandas del Señor
La palabra derecho —que ya hemos mencionado— carga aquí todo su peso. Cuando una iglesia sustenta a sus ministros, está practicando lo que es justo y correcto delante de Dios, está manteniendo la balanza de la justicia bíblica en el orden correcto. En la antigüedad, la imagen de la balanza era elocuente: en un lado está el trabajo realizado y en el otro debe estar la remuneración. Si el salario no está, la balanza de la justicia de Dios está rota.
Y nos conviene practicar esa justicia. Proverbios 21:3 es terminante: «Practicar la justicia y el derecho lo prefiere el Señor a los sacrificios». No es que los sacrificios —o las ofrendas— no importen. Es que sin justicia, pierden todo su sentido. El mismo Señor Jesucristo, según Isaías 16:5, es un rey que reina sobre un trono fundado en el amor, «un juez celoso del derecho y experto en hacer justicia». La contribución a los ministros del evangelio no queda desapercibida en el cielo. Jesús mismo lo dice en Mateo 10:40–42: recibir a un profeta por ser profeta lleva aparejada una recompensa de profeta. Y Pablo lo expresa bellamente a los Filipenses: su sostén a su ministerio es considerado «un aumento de crédito a su cuenta» ante Dios.
Se cumple diligentemente con los asuntos del reino
Hay una segunda conveniencia que es lógica pero que además está fundada en las Escrituras. Hebreos 13:17 nos advierte que llevar a los ministros a hacer su trabajo de forma quejumbrosa no le trae ningún provecho a la iglesia. Y la pregunta que surge sola es: ¿es la desobediencia la única forma de llevar a un ministro a quejarse? ¿No es acaso una tentación permanente a la queja el tener que trabajar ocho horas diarias, añadir encima de eso la preparación de sermones, no tener días libres y no tener tiempo para la familia? La respuesta es sumamente lógica.
El caso de Nehemías 13 lo ilustra de forma elocuente. El pueblo había fallado en sus ofrendas y diezmos, y naturalmente los levitas tuvieron que regresar a sus campos a trabajar la tierra para poder comer. El resultado: el templo de Dios estaba descuidado. Nehemías no reprendió a los levitas por irse. Reprendió a los jefes de Israel por descuidar la casa de Dios. Y cuando puso orden sobre el asunto —cuando los levitas pudieron regresar a su ministerio dignamente sostenidos—, entonces Nehemías pudo orar al Señor diciendo: «Recuerda esto, Dios mío, y favoréceme; no olvides todo el bien que hice por el Templo de mi Dios».
En nuestro caso ocurre lo mismo. Cuando los ministros son sostenidos dignamente, la casa del Señor es bien cuidada, las ovejas son bien alimentadas, y los asuntos eclesiásticos son bien gobernados. Todo está conectado.
Una última reflexión: el buen pastor y sus ovejas
Este tema del cuidado de la casa de Dios debe llevarnos a un pensamiento final. La iglesia es también llamada la grey del Señor, la manada de sus ovejas. Y esta imagen apunta no solamente a la labor de los ministros de cuidar a las ovejas, sino al Príncipe de los pastores, Cristo, el buen Pastor que dio su vida por las suyas.
Pensemos en esto: si el buen Pastor amó tanto a sus ovejas que se entregó completamente por ellas, ¿acaso dejará bajo su cuidado a estas con ministros que usan la sobra de su tiempo para alimentarlas? Lejos de nosotros esté pensar que el Señor quiere eso para su grey. El evangelio nos ha enseñado el gran valor que tiene la iglesia ante los ojos de Dios. Esta no puede ser descuidada por nosotros.
Que el Señor nos conceda oídos para comprender estas cosas y corazones dispuestos a practicar el derecho y la justicia que Él exige. Que nos conceda obreros en medio de la mies, y que nos conceda también la gracia de sostenerlos dignamente para que la obra no se detenga.