Iglesia en el primer siglo orando al Señor pidiendo por todos y los gobernantes

Explicación de 1 Timoteo 2:1-7

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Todos conocemos aquella ocasión cuando el Señor Jesús hizo un látigo y comenzó a echar fuera a los vendedores y cambistas del templo. Volcó mesas, sacó animales e hizo todo un escándalo santo. Y una de las frases que usó para reprender a aquellos hombres fue: “Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”.

En aquel momento, Jesús hablaba del templo. Pero en nuestro tiempo, esa verdad debe ser considerada por la iglesia. Pablo escribe 1 Timoteo para que sepamos cómo comportarnos en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente. Y si la iglesia es casa de Dios, entonces Dios desea seguir llamando a su casa casa de oración.

La explicación de 1 Timoteo 2:1-7 nos lleva precisamente a esto: la oración no es un adorno en la iglesia, ni un momento de transición entre una parte y otra del culto. La oración es parte esencial de la vida de la casa de Dios. La iglesia ora porque depende de Dios, porque vive delante de Dios y porque desea que Cristo sea exaltado entre los hombres.

¡Quiera el Señor hacernos su casa de oración, no solamente en nombre, sino sobre todo en práctica!

La exhortación a orar

Pablo comienza con una exhortación clara: debemos orar. Y lo hace usando cuatro palabras: plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias.

Estas palabras muestran la amplitud de la oración cristiana. La plegaria es una petición a favor de alguien. La palabra “oraciones” es el término general que incluye todo tipo de oración bíblica. Las súplicas implican una intercesión concreta, un ruego específico delante del Señor. Y las acciones de gracias son palabras de gratitud a Dios por su favor y misericordia.

Esto nos enseña que la iglesia debe orar de formas tan variadas como sus circunstancias lo exigen. Hay momentos para clamar. Hay momentos para agradecer. Hay tiempos para confesar pecados. Hay tiempos para interceder por otros. Hay momentos de lamento, de ayuno, de súplica, de adoración, de ruegos específicos y de gratitud.

Si pensamos que orar es simplemente hablar, no hemos entendido lo que significa orar.

La Biblia nos muestra distintas formas de oración, incluso en las posturas del cuerpo: de rodillas, en humildad y sumisión; de pie, con respeto y reverencia; postrados en tierra, en profundo arrepentimiento; con las manos levantadas, en actitud de súplica y adoración. Todo esto refleja no solo la forma de nuestras palabras, sino la postura del alma delante de Dios.

La iglesia debe aprender a orar bíblicamente. No solo a decir palabras. No solo a llenar espacios. Debemos comprender la amplitud de la oración y practicarla con reverencia, entendimiento y fe.

Por quiénes debe orar la iglesia

Pablo no solo nos dice que debemos orar. También nos dice por quiénes debemos orar. Primero dice que debemos orar por todos.

Ahora bien, ¿qué significa “todos”? ¿Quiere decir que cada creyente debe orar por cada persona en particular, con nombre y apellido, sobre toda la faz de la tierra? Claramente no. Tal tarea sería imposible.

El contexto nos ayuda. Pablo no está pensando en cada individuo particular, sino en todo tipo de personas. Menciona a los gobernantes en el versículo 2 y luego habla de su ministerio a los gentiles en el versículo 7. Así que “todos” se refiere a todo tipo de personas: judíos y gentiles, ricos y pobres, gobernantes y gobernados, cercanos y lejanos.

La iglesia no debe excluir a ningún grupo de sus oraciones. No debemos orar solo por quienes se parecen a nosotros, por quienes piensan como nosotros, por quienes pertenecen a nuestra clase social, nación, cultura o círculo cercano. Debemos orar por todo tipo de personas.

Y aunque este texto enfatiza la oración por los no creyentes en sus distintas clases y grupos, otras Escrituras también nos llaman a orar los unos por los otros. La vida cristiana no puede sostenerse sin intercesión mutua. Una iglesia que no ora por sus hermanos, tarde o temprano se enfría en amor.

Orar por los gobernantes

Pablo especifica que debemos orar por los reyes y por todos los que están en autoridad. En su contexto, los reyes podían ser gobernantes regionales, como Herodes, o autoridades imperiales, como el César. La idea abarca autoridades superiores e inferiores.

En términos prácticos, esto significa que debemos orar por presidentes, diputados, fuerzas armadas, gobernadores, alcaldes, jueces y autoridades civiles. La oración de la iglesia debe incluirlos.

Pero aquí surge una pregunta importante: ¿cómo debemos orar por ellos?

Nuestra oración debe depender de dos cosas: qué tipo de gobernantes son y qué dice Dios sobre ellos. No oramos conforme a nuestros intereses políticos, nuestras preferencias personales o nuestras emociones del momento. Oramos conforme a la voluntad de Dios revelada en las Escrituras.

La tarea del gobernante es castigar al malvado y proteger al justo. Cuando un gobierno se desvía de esa función, debemos orar para que Dios lo cambie, que les conceda arrepentimiento y enmienda, o que derrame su juicio. Si los gobernantes premian al malvado, castigan al justo, violentan al prójimo, mienten, oprimen y usan el poder para sostener la injusticia, la iglesia debe clamar.

Debemos pedir que Dios restituya el orden. Que ponga gobernantes que cumplan su función para el bien de la nación. Que sean espada en su mano para castigar a los criminales y escudo para proteger a los justos. ¡Y que haga justicia!

Orar por los gobernantes no significa justificar sus pecados. Tampoco significa idolatrarlos. Significa llevarlos delante del Dios que gobierna sobre reyes y naciones.

Oramos para tener paz y tranquilidad

Pablo nos dice que estas oraciones deben hacerse para que podamos vivir en paz y tranquilidad. Estas dos palabras son importantes.

La primera apunta a la ausencia de conflictos externos. Tiene que ver con tranquilidad social, con momentos donde no hay guerra, donde las naciones pueden desarrollarse y la vida común no está aplastada por la violencia.

La segunda palabra apunta a la tranquilidad interna. Habla de una vida sin temor constante, sin angustia permanente, sin la opresión de pensamientos llenos de ansiedad por causa de autoridades injustas o amenazas sociales.

Pablo cree que la oración contribuye a esto. No ora por paz y tranquilidad como un mero deseo sentimental. Ora porque sabe que Dios escucha y gobierna. La oración de la iglesia sí importa. La oración puede hacer un cambio.

Pero debemos entender algo: no pedimos paz y tranquilidad solamente por comodidad personal. No oramos solo para vivir más tranquilos, dormir mejor y tener menos problemas. Eso puede ser parte del beneficio, pero no es la razón más alta.

La paz y la tranquilidad tienen un propósito mayor en el reino de Dios.

Oramos para vivir una vida devota y digna

Pablo dice que debemos orar para vivir una vida piadosa y digna.

La vida devota se refiere a la piedad personal, a la oportunidad de vivir nuestra relación con Dios con fidelidad. Esto incluye la libertad de celebrar el culto público, practicar el culto familiar, mantener devociones privadas, servir al Señor, criar a nuestros hijos en la fe y vivir como cristianos sin ser perseguidos.

Debemos orar por no ser perseguidos. Debemos orar por tener libertad de amar y servir a Dios.

La vida digna, por otro lado, no se refiere a un estatus económico. Se refiere a una vida legítima, una vida que pueda vivirse públicamente sin atentar contra la conciencia cristiana. Es decir, que podamos practicar el cristianismo libremente sin ser tratados como criminales por obedecer a Dios.

Al menos, los gobernantes deben dejar a los creyentes vivir su fe plenamente. Y en un sentido ideal, conforme a una visión bíblica y reformada, los gobernantes no solo deberían permitir la adoración verdadera, sino también protegerla y favorecer el avance del reino de Dios.

Por eso, cuando los gobiernos comienzan a coaccionar libertades, debemos preocuparnos y orar. Porque cuando el poder civil se acostumbra a controlar la conciencia, tarde o temprano buscará limitar también la vida del pueblo de Dios.

Oramos para abrir terreno al evangelio

Pero hay una razón aún más alta. Pablo no está pensando solamente en paz social ni en libertad religiosa como fines en sí mismos. Su preocupación principal es el avance del evangelio.

Estas oraciones son agradables a Dios porque Él desea que todo tipo de personas sean salvas y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios quiere que el mensaje de Cristo sea anunciado a judíos y gentiles, gobernantes y gobernados, ricos y pobres, cercanos y lejanos.

Por eso Pablo menciona que hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, quien dio su vida en rescate por todos. Y también recuerda su propio llamado como predicador y apóstol a los gentiles.

La oración de la iglesia, entonces, está conectada con la misión de la iglesia. Oramos para que haya condiciones donde el evangelio pueda ser predicado libremente, donde la iglesia pueda crecer, donde los creyentes puedan vivir su fe y donde Cristo sea conocido entre todo tipo de personas.

A veces se ha romantizado la persecución, como si mientras más sufrimiento experimente la iglesia, mejor será necesariamente. Es cierto que Dios ha hecho crecer a su iglesia en medio de la aflicción. Pero Pablo no nos manda a orar por persecución. Nos manda a orar por paz, tranquilidad, vida piadosa y oportunidad para el avance del evangelio.

La persecución puede purificar, sí. Pero también dispersa familias, destruye comunidades, debilita iglesias, saca misioneros, pastores, hijos y generaciones enteras de sus lugares. Por eso oramos por condiciones donde el evangelio corra con libertad.

No por comodidad. Por Cristo.

Aplicación práctica para la vida cristiana

La explicación de 1 Timoteo 2:1-7 nos llama a revisar nuestra vida de oración como iglesia.

¿Somos realmente casa de oración? ¿Oramos solo cuando hay necesidad urgente? ¿Oramos solo por los nuestros? ¿Oramos por todo tipo de personas? ¿Incluimos a los gobernantes en nuestras súplicas? ¿Oramos con acción de gracias, con confesión, con intercesión, con clamor y con reverencia?

También debemos revisar nuestras motivaciones. Podemos orar por un mejor país, por estabilidad, por seguridad y por libertad. Pero no debemos quedarnos allí. Oramos para vivir piadosamente. Oramos para que la iglesia tenga libertad de adorar. Oramos para que podamos predicar. Oramos para que Cristo sea conocido.

Y cuando veamos injusticia, no debemos orar con ligereza ni con simple rabia política. Debemos orar conforme a la Palabra: que Dios conceda arrepentimiento, que haga justicia, que levante gobernantes rectos, que derribe la maldad y que abra camino al evangelio.

La iglesia que ora así entiende su lugar en el mundo.

Conclusión

Nuestra oración es agradable a Dios. Pero, ¿por qué es agradable? Pablo responde llevándonos al centro del pasaje: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, quien dio su vida como rescate por todos”.

El centro de este texto no es, en última instancia, la oración. El centro es el evangelio. Es la exaltación del Hijo de Dios entre los hombres.

Cristo se hizo hombre para ser mediador entre Dios y los hombres. Dio su vida como rescate por todo tipo de personas. Y ahora la iglesia ora para que este Cristo sea conocido, proclamado, creído y exaltado.

Hermanos, oramos por un mejor país. Oramos por la iglesia. Oramos por todos los hombres. Oramos por los gobernantes. Oramos para vivir en paz y tranquilidad. Oramos para vivir devota y dignamente. Pero sobre todo, oramos para que Cristo sea glorificado.

Esta es la verdadera explicación de 1 Timoteo 2:1-7: la iglesia es casa de oración porque Cristo es el único mediador, porque el evangelio debe avanzar y porque Dios se agrada en salvar a todo tipo de personas por medio de su Hijo.

Que el Señor nos haga una iglesia que ora, clama, intercede y agradece; una iglesia que no busca solo tranquilidad, sino el avance del reino; una iglesia que desea ver a Cristo exaltado entre los hombres.

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