Todos conocemos la historia de Peter Pan: ese muchacho que vivía en el País de Nunca Jamás y repetía con orgullo que jamás quería crecer. La idea puede parecer encantadora en un cuento: mantenerse siempre joven, sin responsabilidades y sin cargas. Pero lo que en un relato infantil puede sonar enternecedor, en la vida real se convierte en una tragedia.
Porque quedarse como niño cuando uno debería madurar trae consecuencias muy serias.
El apóstol Pablo, en 1 Timoteo 3:6, advierte justamente de este peligro cuando dice que el obispo no debe ser un recién convertido, no sea que se llene de orgullo y caiga en la misma condenación en que cayó el diablo.
La explicación de 1 Timoteo 3:6 nos muestra que la madurez aprobada por Dios no se mide simplemente por años, experiencia humana o tiempo asistiendo a la iglesia. Tampoco se trata de conocimiento acumulado o dones visibles. Se trata de una obra de Dios en nosotros: una madurez que forma entendimiento, carácter, santidad, humildad, perseverancia y vida de iglesia.
No es que un creyente nuevo no tenga valor. Todos comenzamos como niños en la fe. El problema es cuando, con el tiempo, seguimos como Peter Pan: negándonos a crecer, aferrándonos a la comodidad de la niñez espiritual, jugando a la vida cristiana sin carácter, sin entendimiento y sin frutos de verdadera transformación.
¡El Señor nos ayude a entender y aplicar los principios de la madurez cristiana!
Las raíces de la madurez cristiana
Pablo dice que el obispo no debe ser un nuevo creyente. La expresión puede traducirse de manera más literal como “recién plantado”. Claramente se refiere a alguien de conversión reciente, pero también nos ayuda a pensar en la imagen de un árbol que todavía no ha echado raíces profundas.
No basta con tener tiempo de haberse convertido. Hay personas con muchos años en la iglesia que siguen siendo espiritualmente inmaduras. El asunto no es solamente cuánto tiempo llevamos plantados, sino cuán bien plantados estamos en la fe.
El obispo debe ser un hombre maduro espiritualmente. No solo debe cumplir externamente con los requisitos de 1 Timoteo 3:1-5; debe demostrar madurez real.
Tomando esta imagen del árbol recién plantado, podemos hablar de algunas raíces de la madurez que todo cristiano debería tener: entendimiento, santificación, vida de iglesia y prueba.
Entendimiento: más que información bíblica
Un recién plantado no ha desarrollado todavía un verdadero entendimiento acerca de la verdad de las Escrituras. Y aquí debemos distinguir entre conocimiento y entendimiento.
Un nuevo creyente, o incluso un cristiano inmaduro, podría leer muchos libros, escuchar muchas predicaciones y hasta leer toda la Biblia en pocos meses. Pero el desarrollo del entendimiento es algo distinto. Tener información no es lo mismo que comprender espiritualmente la verdad.
Esto lo vemos en los discípulos del Señor. Jesús les hablaba con claridad sobre muchos asuntos, pero muchas veces ellos no entendían. Tenían la información. Tenían al Maestro perfecto. Escuchaban la explicación directamente de Cristo. Y aun así, no entendían.
Hebreos 5:12-14 reprende a creyentes que, a esas alturas, ya deberían ser maestros, pero todavía necesitaban que alguien volviera a enseñarles los principios elementales de la Palabra de Dios. Necesitaban leche en vez de alimento sólido. El texto dice que quien solo se alimenta de leche es inexperto en el mensaje de justicia, mientras que el alimento sólido es para los adultos, para quienes han ejercitado la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.
Fijémonos: no se habla simplemente de ignorancia, sino de inexperiencia. No es solo que no sepan cosas; no han ejercitado el entendimiento. No han aprendido a distinguir bien. Se han vuelto tardos para oír.
La madurez requiere entendimiento ejercitado.
Y en las Escrituras, el entendimiento verdadero se traduce en arrepentimiento, fruto y sanidad. En Mateo 13, el Señor cita a Isaías diciendo que el pueblo oye, pero no entiende; ve, pero no comprende. Si entendieran con el corazón, se arrepentirían y serían sanados.
Ese entendimiento que produce arrepentimiento y sanidad es parte esencial de la madurez cristiana.
Santificación: carácter formado a la imagen de Cristo
La madurez no es simple entendimiento de la verdad. También es carácter cristiano. La madurez se evidencia de manera tangible en una vida santificada, purificada, transformada y conformada a la imagen de Cristo.
Un ejemplo negativo lo encontramos en 1 Corintios 3:1-3. Pablo les dice a los corintios que no pudo hablarles como a espirituales, sino como a inmaduros, como a niños en Cristo. ¿Cuál era la evidencia? Había celos y contiendas entre ellos.
Esto es muy importante. Los corintios eran una iglesia muy dotada. Tenían dones, conocimiento, manifestaciones visibles. Pero Pablo los llama niños en Cristo porque su carácter estaba marcado por celos, partidos, peleas e inmadurez.
No nos engañemos: capacidad, dones y conocimiento no son igual a madurez.
La verdadera madurez cristiana no consiste en hablar mucho, saber mucho o tener dones visibles. Consiste en parecernos más a Cristo en vida, pensamiento y carácter. Madurar es tomar en serio la santidad, no como una lista fría de “haz esto” y “no hagas aquello”, sino como una transformación profunda del corazón, los afectos, los pensamientos, las palabras y el estilo de vida.
El cristiano maduro crece en carácter. Crece en santidad. Crece en frutos del Espíritu Santo.
Vida de iglesia: crecer dentro del cuerpo
Otra raíz de la madurez cristiana es la comunión y vida de iglesia. Es decir, aprender a sacar provecho de la asistencia, la comunión, los dones de los hermanos y la vida comunitaria.
Esto es vital, especialmente para quien aspira al ministerio. Un hombre de iglesia debe saberse bendecido, fortalecido y formado por la iglesia. Nadie madura cristianamente como una rama separada del árbol.
Efesios 4:11-13 enseña que Cristo dio ministros a su iglesia para capacitar al pueblo de Dios para la obra del servicio, para edificar el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad madura conforme a la estatura de Cristo.
Según este texto, la madurez se produce por la obra de Cristo en el cuerpo. Los ministros capacitan, sí, pero el cuerpo entero edifica. La madurez se alcanza al ser parte de una comunidad donde los creyentes se sirven unos a otros.
El cristiano maduro tiene buena relación con la iglesia. Se vale de los dones de sus hermanos. Recibe exhortación, ánimo y consejo. Sabe que Dios quiere hacerlo crecer, pero no sin el uso de los medios que Él mismo ha dado en la comunidad cristiana.
La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en aislamiento.
Prueba: la fe fortalecida por la aflicción
La cuarta raíz de la madurez es la prueba de nuestra fe. Esta no depende completamente de nosotros, pero sí debemos considerarla como parte del proceso de crecimiento.
En el Nuevo Testamento, las aflicciones, pruebas y sufrimientos están ligados al crecimiento cristiano. Santiago 1:2-4 nos llama a considerar como gozo el enfrentar diversas pruebas, porque la prueba de la fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe completar su obra para que seamos perfectos e íntegros, sin que nos falte nada.
Ese estado de integridad apunta a la madurez espiritual que se forma entre la aflicción y la perseverancia.
Las pruebas nos exponen. Nos muestran pecados, debilidades, temores, ídolos y áreas de inmadurez que quizá no veíamos. Pero también nos entrenan a perseverar, a depender de Dios y a seguir adelante con fidelidad.
Así como un árbol necesita raíces profundas para resistir el viento, el creyente necesita raíces firmes para permanecer en pie cuando llegan las pruebas.
Los peligros de la inmadurez espiritual
Alguien podría pensar: “No pasa nada si no soy un cristiano maduro. Después de todo, no quiero ser ministro. Nunca me escogerían para ese rol”. Pero ese pensamiento es peligroso.
La inmadurez espiritual sostenida en el tiempo no es un estado neutral. Es un estado susceptible y peligroso para el alma del creyente.
Pablo menciona el peligro del orgullo o la pretensión. En el contexto, habla de un hombre inmaduro colocado como obispo. La inmadurez, unida a una posición elevada, puede arrojarlo fácilmente al pecado. De hecho, cuando personas llegan al ministerio y se vuelven pretenciosas, casi siempre eso revela inmadurez de carácter.
Pero el principio es más amplio: la inmadurez nos hace susceptibles a ciertos pecados. En Hebreos vemos creyentes tardos para oír. En 1 Corintios vemos creyentes inmaduros envueltos en partidismos y contiendas. En otras partes, los inmaduros son más propensos a ser engañados, a tener conciencias débiles o a ser arrastrados por rudimentos del mundo.
Cuando somos inmaduros, estamos más prestos a ser arrastrados por la carne. Somos más seducidos por el engaño del pecado. Somos más torpes para discernir qué pensar, qué hablar y cómo actuar en el momento adecuado.
Así como un niño es susceptible a muchas debilidades, también lo es un cristiano inmaduro.
La caída del diablo y el peligro del orgullo
Pablo advierte que el obispo inmaduro puede caer en la misma condenación en que cayó el diablo. Esta es una advertencia seria.
El trasfondo parece ser la caída de Satanás: una caída marcada por soberbia, enaltecimiento propio y un concepto más alto de sí mismo del que debía tener. Ezequiel 28 describe una figura llena de hermosura, sabiduría y esplendor, cuyo corazón se llenó de orgullo a causa de su belleza, y cuya sabiduría fue corrompida por su esplendor.
La caída de Satanás fue catastrófica. Un ser glorioso pasó a convertirse en enemigo de Dios. Un adorador se volvió profanador. Un siervo se volvió rebelde.
Esa es la clase de caída con la que Pablo compara el peligro de poner a un inmaduro en lugares altos.
Esto debe hacernos temblar. Podríamos poner a alguien en una posición donde su caída sea terrible. Y también nos advierte contra la insensatez de buscar liderazgo sin madurez cristiana.
Hermano, no procures el liderazgo por sí mismo. Procura primero tu madurez. Procura tu crecimiento espiritual. Luego, si Dios te coloca en autoridad, estarás más guardado.
Pero esta advertencia no aplica solo al ministerio. La inmadurez puede volverse peligrosa cuando se combina con liderazgo, promociones, riquezas, reconocimiento o cualquier cosa que eleve nuestro concepto de nosotros mismos. La madurez espiritual se evidencia, en gran medida, por una humildad que aguanta cualquier circunstancia.
Aplicación práctica para la vida cristiana
La explicación de 1 Timoteo 3:6 nos llama a dejar la niñez espiritual.
Debemos preguntarnos si estamos creciendo en entendimiento o si seguimos viviendo de información sin comprensión. ¿Estamos ejercitando la capacidad de distinguir el bien y el mal? ¿La Palabra nos está llevando al arrepentimiento y a la sanidad?
También debemos preguntarnos si estamos creciendo en santificación. ¿Nuestro carácter se parece más a Cristo? ¿O todavía vivimos dominados por celos, contiendas, orgullo, apatía, inconstancia y falta de fruto?
Debemos examinar nuestra vida de iglesia. ¿Estamos aprovechando los dones de nuestros hermanos? ¿Recibimos exhortación, consejo y ánimo? ¿O queremos madurar sin cuerpo, sin comunión y sin rendición de cuentas?
Y debemos aprender a mirar las pruebas con ojos bíblicos. No son agradables, pero Dios las usa para producir perseverancia, integridad y madurez.
Finalmente, debemos tomar en serio los peligros de la inmadurez. No es poca cosa. Un cristiano que no madura se vuelve vulnerable. Y si es puesto en lugares altos sin raíces firmes, su caída puede ser terrible.
Conclusión
Hermanos, Cristo nos ha plantado en su huerto por pura gracia. Él cargó nuestra maldición en el madero y nos unió a sí mismo como ramas a la vid. No estamos plantados por mérito propio, sino por su sacrificio en nuestro favor.
Y no solo nos plantó. También nos aseguró que el Padre poda y cuida sus ramas para que den mucho fruto. Como dice Filipenses 1:6, el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.
Él obra para hacernos madurar. A nosotros nos corresponde responder a su mano, cooperando con su gracia.
Esta es la verdadera explicación de 1 Timoteo 3:6: Dios no quiere líderes recién plantados, inflados por el orgullo y expuestos a la caída. Quiere creyentes maduros, bien enraizados, formados por la Palabra, santificados en carácter, edificados en la iglesia y probados en la perseverancia.
Dejemos, pues, la niñez espiritual. Es tiempo de crecer: de pasar de la leche al alimento sólido, de la inconstancia al carácter, de los celos a la santidad, del orgullo a la humildad.
Tú lo necesitas. La iglesia lo necesita. Y el evangelio lo hace posible.