“El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”. Esta es una de las frases más conocidas de Jesús, no solo entre cristianos, sino incluso entre quienes no profesan la fe. Y la razón es sencilla: nadie está libre de pecado. Todos tenemos pecado. Nadie está en una posición absoluta de pureza como para tomar la piedra y lanzarla contra otro como si él mismo no necesitara misericordia.
Esa es la idea que suele venir a la mente cuando hablamos de ser “irreprensibles”. La palabra puede parecernos extraña, tanto a la mente como a la conciencia. Cuando escuchamos que un obispo debe ser irreprensible, o que el creyente debe vivir en integridad, surge casi de inmediato la pregunta: ¿y quién puede serlo?
Tal vez el problema empieza con una mala comprensión de la palabra.
La explicación de 1 Timoteo 3:2a nos ayuda a entender que ser irreprensible no significa ser absolutamente impecable. Si ese fuera el caso, ningún hombre podría servir jamás, ningún creyente podría avanzar y ningún ministro podría ser reconocido. Ser irreprensible significa vivir de tal manera que no haya una acusación justa, pública y descalificadora que nos sujete por causa de nuestra conducta.
La palabra usada tiene la idea de alguien que no puede ser “sujetado”, alguien que no queda en manos de otros por una vida marcada por vicios, pecado público o conducta indecente. En el caso específico del obispo, significa cumplir fielmente con el carácter requerido en 1 Timoteo 3. Pero, de manera general, apunta a una vida de integridad.
Y este llamado no es solamente para obispos. Es para todos los que confiesan a Cristo.
¡El Señor ponga en nosotros el compromiso y la convicción para vivir en integridad!
Ser irreprensible significa vivir en santidad externamente
El uso común de 1 Timoteo 3 muestra que este requisito debe entenderse primero desde una perspectiva externa. La lista servía para que la iglesia evaluara a quienes aspiraban al ministerio. Por tanto, la irreprensibilidad debía ser visible. No bastaba con que un hombre dijera tener un corazón sincero; su vida debía poder ser observada.
Esto es importante porque a veces nuestras relaciones sociales no están ordenadas. Algunos profesan ser cristianos, pero nadie lo sospecharía por su manera de vivir. Otros son conocidos como creyentes, pero su conducta hace que los demás digan: “Y eso que es evangélico…”.
Es una frase vergonzosa, pero real. Y cuando eso ocurre, no solo se habla mal de la persona. Muchas veces también se habla mal de la fe que profesa.
Ahora bien, alguien podría preguntar: ¿de verdad debemos preocuparnos por lo que otros piensen de nosotros? ¿No deberíamos preocuparnos solamente por agradar a Dios?
La respuesta bíblica es que ambas cosas importan. Claro que debemos agradar a Dios por encima de todo. Pero precisamente porque queremos agradar a Dios, también debemos vivir de manera cuidadosa delante de los hombres.
Delante de los hombres
El apóstol Pablo entendía esto. En una ocasión tuvo que llevar una ofrenda importante para la iglesia de Jerusalén. Para evitar sospechas, no lo hizo de manera descuidada. Se escogieron hermanos que lo acompañaran, y Pablo explica que buscaban evitar cualquier crítica sobre la forma en que administraban ese donativo, procurando hacer lo correcto no solo delante del Señor, sino también delante de los demás.
Pablo no solo quería ser honesto; quería ser visto actuando con transparencia. No por apariencia hipócrita, sino para que el evangelio no fuera manchado por sospechas innecesarias.
También dijo delante de Félix que procuraba conservar siempre limpia su conciencia delante de Dios y de los hombres. Esa frase es muy importante: delante de Dios y delante de los hombres.
Otro ejemplo precioso es Daniel. Sus enemigos buscaron algún motivo para acusarlo en la administración del reino. Lo examinaron con malicia, deseando encontrar corrupción, negligencia o malos manejos. Pero no pudieron hallar nada. Daniel era digno de confianza. No era corrupto ni negligente. La única forma de atacarlo fue usar su fidelidad a Dios en su contra.
Hermanos, esa es una vida irreprensible delante de los hombres: una vida tan íntegra que, si los enemigos buscan acusarnos, no encuentren nada justo que decir, excepto nuestra fidelidad al Señor.
El mundo nos observa. Y aunque el mundo es injusto muchas veces, también es cierto que juzga la verdad de lo que predicamos por la vida que vivimos. Somos evaluados no solo por nuestras palabras, sino por nuestras obras.
Amado hermano, ¿vives delante de los hombres con tal integridad que glorificas al Señor con tus obras? Si alguien se empeñara con malicia en buscar algo contra ti, ¿encontraría una acusación justa? ¿Serías avergonzado, o ellos terminarían avergonzados por su maldad?
Sea cual sea la respuesta, el llamado es claro: debemos vivir cuidadosamente delante de un mundo que mira nuestra doctrina a través de nuestra conducta.
Delante de la iglesia
Pero no solo debemos ser irreprensibles delante del mundo. También debemos serlo delante de la iglesia.
Los criterios del mundo cambian de un día a otro. Lo que hoy aplaude, mañana lo condena. Lo que antes llamaba virtud, ahora puede llamarlo atraso. Pero el criterio de la iglesia debe depender de Dios y de su Palabra. Por eso, ser irreprensible delante de la iglesia es vivir de tal manera que la familia de la fe pueda reconocer nuestra piedad, servicio y dedicación.
Esto se ve en los primeros diáconos. En Hechos 6, los apóstoles mandaron escoger hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. No bastaba con que fueran disponibles. Debían tener buen testimonio en una comunidad amplia de creyentes.
También vemos esto en Bernabé. Cuando fue enviado a Antioquía, la Escritura lo describe como un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y su ministerio fue de gran bendición.
Lo mismo podría decirse de Ananías, respetado entre los judíos, o del joven Timoteo, que siendo muy joven era tenido en alta estima por los hermanos de Listra e Iconio. Estos hombres fueron útiles en las manos de Dios, no porque fabricaron una imagen, sino porque vivían de forma aprobada delante de la iglesia.
Amado hermano, ¿la iglesia te tiene en alta estima por tu piedad? ¿Tus hermanos ven en ti servicio, integridad y amor por el Señor? ¿Eres irreprensible ante aquellos que han aprendido a mirar con discernimiento espiritual?
No basta con ser apreciado por simpatía. Debemos procurar una vida tal que nuestros hermanos puedan dar testimonio de nuestra fidelidad.
Ser irreprensible significa vivir íntegramente internamente
Pero los ojos de los hombres son una medida imperfecta. Si nos quedáramos solo con la apariencia externa, podríamos engañarnos y engañar a otros. Una imagen puede construirse con astucia. Un hipócrita puede aprender a parecer piadoso. Un hombre puede ser admirado públicamente y estar destruido internamente.
Por eso, ser irreprensible no significa solamente parecerlo. Significa serlo delante de la conciencia y delante de Dios.
El obispo no solo debe ser irreprensible ante la iglesia; debe examinarse a sí mismo. Y este principio se extiende a todo creyente. La integridad cristiana no es teatro religioso. No se trata de administrar una reputación. Se trata de vivir delante del Señor con una conciencia limpia.
Delante de nuestra conciencia
La conciencia del creyente debe estar educada por la Palabra de Dios. Debe aprender a distinguir lo bueno y lo malo, lo agradable y desagradable delante del Señor. Debe reconocer las idolatrías del corazón humano y la verdadera adoración que corresponde a Dios.
Pero no basta con educar la conciencia. También debemos ser fieles a ella.
Lutero, ante la Dieta de Worms, dijo que su conciencia estaba cautiva a la Palabra de Dios, y que no era seguro ni honesto actuar contra la conciencia. Esa frase expresa algo profundamente cristiano. No es seguro ni honesto vivir contra aquello que sabemos delante de Dios.
¿De qué vale ser irreprensible delante de los hombres si nuestra propia conciencia nos acusa? ¿De qué vale tener buen nombre en los labios de otros si por dentro la conciencia nos llama hipócritas?
Sé irreprensible ante tu propia conciencia.
Esto era tan importante para Pablo que dedicó mucha enseñanza al asunto, especialmente con relación a los débiles de conciencia. Incluso si algo no era malo en sí mismo, Pablo enseñó que había que actuar con cuidado por motivos de conciencia. En algunos casos, era mejor abstenerse de algo lícito antes que dañar la conciencia propia o la de un hermano.
El punto es claro: la conciencia importa. No es un asunto menor. Pablo incluso decía que tenía como motivo de satisfacción el testimonio de su conciencia, porque se había comportado con santidad y sinceridad delante de Dios y de los hombres.
Amado hermano, ¿puedes decir algo semejante? ¿Tu conciencia da testimonio favorable de tu vida? ¿O hay áreas que mantienes escondidas, justificadas y maquilladas, mientras tu interior te acusa?
Vive de tal manera que, si tu vida secreta fuera expuesta, no hubiera una doble vida que te descalificara.
Delante de Dios
Pero nuestra conciencia debe estar conectada con Dios. No vivimos para servirnos a nosotros mismos ni para tranquilizar nuestra mente. Vivimos delante del Señor que todo lo ve.
Puede ocurrir que sepamos lo que la Escritura dice y, aun así, nuestra conciencia no nos reprenda con fuerza. Puede estar endurecida, débil, confundida o mal formada. En esos casos, no debemos esperar sentir culpa para obedecer. Debemos servir al Señor directamente, conforme a su Palabra.
La verdadera religión consiste en pureza de corazón y conciencia limpia delante de Dios. Y esta no es una realidad exclusiva para obispos. Es la realidad a la cual apunta nuestro bautismo. Pedro dice que el bautismo no consiste en quitar suciedad del cuerpo, sino en el compromiso de una buena conciencia delante de Dios.
Este compromiso se traduce en una vida dedicada a hacer la voluntad del Señor. No se trata de poner excusas delante de los hombres, ni de convencernos con nuestras propias justificaciones. Se trata de vivir conforme a las Escrituras, ante la mirada de Aquel que lo sabe todo.
Esa es la manera como todo cristiano debería vivir. Pero, tristemente, también es la manera como muchos evitan vivir: con una conciencia limpia delante de Dios.
Aplicación práctica para la vida cristiana
La explicación de 1 Timoteo 3:2a nos llama a examinarnos en varias direcciones.
Primero, delante del mundo. ¿Nuestra conducta adorna o contradice el evangelio? ¿Somos conocidos por integridad, responsabilidad y rectitud? ¿O damos razones para que otros hablen mal del nombre de Cristo?
Segundo, delante de la iglesia. ¿Nuestros hermanos pueden dar buen testimonio de nosotros? ¿Somos personas confiables, serviciales, piadosas y constantes? ¿O vivimos de manera ambigua, inestable o sospechosa?
Tercero, delante de la conciencia. ¿Estamos viviendo de acuerdo con lo que sabemos que es correcto? ¿O estamos apagando la voz interna que nos acusa? ¿Tenemos áreas secretas que no resistirían la luz?
Cuarto, delante de Dios. ¿Estamos viviendo para su aprobación o para mantener una imagen? ¿Nuestra integridad depende de quién nos mira, o del Señor que siempre nos ve?
Ser irreprensible no es vivir sin pecado absoluto. Es vivir sin una doble vida. Es andar en integridad. Es procurar que no haya acusación justa que nos sujete por pecados tolerados, vicios escondidos o conducta indecente.
Conclusión
Ser irreprensible es difícil, pero no imposible. No porque tengamos fuerza suficiente en nosotros mismos, sino porque la obra del Señor apunta precisamente a esto.
Jesús fue verdaderamente irreprensible. Más aún: fue absolutamente santo. Fue el Cordero sin mancha ni defecto. En una ocasión preguntó a los judíos: “¿Quién de ustedes puede probar que soy culpable de pecado?”. Nadie más podría decir eso con verdad absoluta. Solo Cristo.
Él, siendo irreprensible y santo en forma perfecta, se entregó por nosotros para darnos salvación. Su impecabilidad no fue solo una cualidad admirable; fue necesaria para salvarnos por completo. Solo un Cordero sin mancha podía cargar con nuestros pecados.
Y por medio de su sacrificio, Cristo busca hacernos santos e irreprensibles delante de Él. Colosenses 1:21-23 dice que antes estábamos alejados de Dios y éramos enemigos por nuestras malas obras, pero ahora Dios nos ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, para presentarnos santos, intachables e irreprensibles delante de Él, si permanecemos firmes en la fe.
Amado hermano, quizá te parezca imposible ser irreprensible en tus propias fuerzas. Y lo es. Pero Cristo murió para reconciliarte con Dios y hacerte santo, intachable e irreprensible delante de su presencia.
Esta es la verdadera explicación de 1 Timoteo 3:2a: Dios llama a sus siervos, y a todo su pueblo, a vivir en integridad delante de los hombres, la iglesia, la conciencia y Dios. Y esa vida aprobada no nace de nuestra fuerza, sino de Cristo, el Irreprensible, que nos salva y nos transforma.
Así que persevera. No abandones la carrera por la santidad. Vive delante de Dios con una conciencia limpia.