Líder cristiano enseñando con una Biblia abierta a un grupo reunido, símbolo del deseo de servir en la obra de Dios.

Explicación de 1 Timoteo 3:1: La obra aprobada por Dios

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No sé si usted ha visto una campaña política de cerca, pero yo sí lo he hecho, al menos más de cerca que muchas otras personas. Hace algunos años trabajé como muralista en la campaña política de uno de los alcaldes de mi ciudad. Allí pude ver gastos en comidas, pinturas, materiales y trabajadores. Pude notar que, durante ese tiempo, los partidos políticos invertían miles de dólares para alcanzar un objetivo: llegar a ocupar un lugar de liderazgo en la ciudad.

Y si miramos lugares como Estados Unidos, las campañas políticas pueden llegar a mover millones de dólares diariamente o semanalmente. Esto nos dice algo muy sencillo: el liderazgo, en todas las áreas de la vida, es un asunto importante. Tan importante que, para decidir quién ocupa esos lugares, el mundo invierte cantidades inmensas de dinero cada año.

Ahora bien, pareciera que esa seriedad solo ha cobrado importancia en el mundo. En muchos círculos cristianos, los jóvenes ya no aspiran al ministerio. Los líderes cristianos están cargados de fallas morales y personales. Los requisitos para el liderazgo son cada vez más escasos. La ordenación bien hecha no tiene lugar en muchas denominaciones. Hemos perdido el rumbo en este tema, no solamente los líderes, sino también la iglesia.

Pero aunque todo esto ocurra, aunque pastores caigan, abandonen a sus esposas, se pierdan en el pecado, aunque la iglesia deseche a sus líderes o trate el ministerio con ligereza, la Palabra de Dios sigue inmutable: “Si alguno anhela obispado, buena obra desea”.

La explicación de 1 Timoteo 3:1 nos lleva a recuperar una visión bíblica del ministerio. Aspirar al obispado no es aspirar a un título, a una plataforma o a un estatus. Es aspirar a una obra solemne, responsable y buena. Una obra que Dios aprueba porque tiene que ver con el cuidado de su iglesia, la grey que Cristo compró con su sangre.

Una obra solemne

Pablo introduce esta afirmación con una frase importante: “Palabra fiel es esta”. O, como otras traducciones expresan: “Se dice, y es verdad”. Esta fórmula no debe pasarse por alto.

Pablo usa expresiones semejantes en varias ocasiones dentro de las cartas pastorales. Normalmente las usa para introducir verdades de gran peso doctrinal. Por ejemplo, en 1 Timoteo 1:15 dice que esta palabra es fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores. También en 1 Timoteo 4:9-10 la usa para hablar de la esperanza cristiana y de las promesas de Dios.

Lo sorprendente es que aquí, en 1 Timoteo 3:1, Pablo utiliza esa misma solemnidad para hablar del obispado. Eso nos muestra que este asunto no es menor. Para Pablo, el liderazgo de la iglesia no es un detalle administrativo ni una preferencia organizativa. Es un tema serio, digno de reconocimiento, reflexión y obediencia.

El ministerio cristiano debe ser tratado con la solemnidad que la Palabra le da. No como algo ligero. No como un espacio para llenar vacantes. No como una forma de reconocimiento personal. No como una salida laboral. No como un lugar para hombres carismáticos sin carácter. Es una obra solemne.

Un encargo muy serio

La solemnidad del ministerio no se ve solo en la frase introductoria de Pablo, sino también en lo que implica el cargo. En 1 Pedro 5:2, los ancianos son llamados a pastorear el rebaño de Dios que está a su cuidado. Eso significa que la iglesia, por la cual Cristo entregó su vida, es puesta bajo el cuidado de hombres designados para pastorearla.

Pablo dice algo semejante en Hechos 20:28: el Espíritu Santo ha puesto obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre.

Hermanos, esto es muy serio.

La iglesia no es una organización humana cualquiera. No es una asociación religiosa más. No es un grupo de personas reunidas por afinidades culturales o sociales. Es el pueblo que Cristo compró con su sangre. Es su especial tesoro. Es la grey amada por el Buen Pastor.

Y precisamente porque Dios ama tanto a su iglesia, otorga ministros para cuidarla, guiarla, pastorearla y alimentarla con su Palabra.

Esta seriedad debe producir en nosotros al menos tres respuestas. Primero, no debemos colocar a cualquiera en el ministerio, incluso cuando exista presión por ocupar un cargo. Segundo, si amamos a la iglesia, los varones deben considerar seriamente el ministerio, siempre teniendo en cuenta que se deben cumplir los requisitos bíblicos. Tercero, debemos orar para que Dios capacite y dé ministros a su iglesia conforme a la seriedad del encargo.

No necesitamos menos seriedad. Necesitamos más temor de Dios.

Una obra responsable

Pablo dice: “Si alguno desea ser obispo”. Aquí debemos entender qué es un obispo. En el Nuevo Testamento, el término se usa para referirse a los mismos hombres que también son llamados ancianos o pastores. No se trata de una figura separada al estilo de ciertos sistemas eclesiásticos posteriores, sino de aquellos a quienes Dios ha dado la tarea de pastorear la iglesia.

El obispo cuida, enseña, predica, aconseja, gobierna y dirige a la iglesia como un pastor cuida a sus ovejas.

Pero el término “obispo” tiene un matiz particular. Tiene que ver con velar, vigilar, supervisar. Es observar con responsabilidad para actuar en consecuencia. La idea incluye supervisión, cuidado, discernimiento y, cuando sea necesario, juicio. El obispo mira el estado del rebaño para enseñar, corregir, pastorear, gobernar y disciplinar según corresponda.

Por tanto, el obispado no es una posición decorativa. Es una responsabilidad real.

El cargo del obispo

Dios ha dispuesto que los cristianos sean cuidados por medio de un liderazgo responsable. Esto significa que la iglesia debe procurar ser pastoreada. Los creyentes no deben vivir como ovejas sueltas, sin cuidado, sin dirección, sin enseñanza, sin disciplina y sin rendición de cuentas.

Pero también significa que los hombres llamados al liderazgo deben cumplir fielmente su responsabilidad. Si Dios da pastores y ancianos a su iglesia, no es para que ocupen un asiento, tengan un título o aparezcan en una lista. Es para que trabajen.

La tarea del obispo demanda velar por las almas. Demanda guiar a los creyentes. Demanda predicar y explicar la Palabra. Demanda corregir errores, consolar débiles, disciplinar rebeldes, formar discípulos, proteger de falsos maestros y cuidar la integridad de la iglesia.

Y para todo esto no basta con capacidad. Se necesita carácter y madurez.

Un hombre puede hablar bien y no estar preparado para pastorear. Puede conocer doctrina y no tener mansedumbre. Puede tener dones visibles y no tener dominio propio. Puede anhelar el púlpito y no amar a las ovejas. Por eso, el versículo 1 abre el tema, pero los versículos siguientes hablarán de requisitos.

El deseo debe ser probado por el carácter.

La demanda del obispado

Ocupar este cargo trae una demanda clara: cumplir fielmente con la tarea. Velar por las almas, pastorear la iglesia y trabajar arduamente entre los creyentes.

Esto también nos recuerda algo como congregación: si Dios designa ministros y los pone sobre la grey, es porque la grey necesita ser cuidada. Necesita guía de hombres maduros. Necesita predicación. Necesita enseñanza. Necesita vigilancia espiritual.

Por eso Pablo dice en 1 Tesalonicenses 5:12 que tengamos en alta estima a los que trabajan entre nosotros. Porque los obispos trabajan. Y deben trabajar arduamente.

Además, los obispos son ejemplo para la grey. Por eso, el pasaje general de 1 Timoteo 3 no es simplemente una demanda para quienes aspiran al ministerio. También muestra un estándar de madurez cristiana al cual todo creyente debe aspirar. No todos pueden pastorear, gobernar o ejercer la autoridad dada por Dios para este cargo. Pero todos pueden procurar un carácter maduro y un servicio comprometido en el cuerpo de Cristo.

La iglesia necesita ministros responsables. Y también necesita miembros que comprendan la responsabilidad del ministerio.

Una buena obra

Pablo concluye diciendo que quien anhela obispado “buena obra desea” o “a noble función aspira”.

Esta frase es muy importante. Para Pablo, aspirar al ministerio no es aspirar a un cargo por el cargo mismo. No es aspirar a un título, una plataforma, una posición o un reconocimiento. Es aspirar a una función. Es desear funcionar dentro del cuerpo de Cristo de una manera determinada para el bien de otros.

La nobleza no está en ser visto como autoridad. La nobleza está en alcanzar una autoridad para ser útil en las manos del Señor, bendecir a la grey y procurar su bienestar.

Esto debe guardarnos de dos errores. El primero es aspirar al ministerio por motivaciones inadecuadas. Los falsos maestros también pueden desear lugares de enseñanza y gobierno, pero no por amor a la buena obra, sino por autoexaltación, influencia y grandeza personal. El segundo error es pensar que aspirar al ministerio siempre es algo sospechoso, egoísta o pecaminoso. Pablo no lo trata así. Dice que es una buena obra.

Lo que debe examinarse no es solo si alguien desea el ministerio, sino qué desea realmente cuando dice desearlo.

¿Desea servir? ¿Desea cuidar? ¿Desea predicar la Palabra? ¿Desea ver a la iglesia edificada? ¿Desea el bien de las ovejas? ¿O desea ser visto, reconocido, escuchado y admirado?

El deseo por el bien de los demás

Si usted es varón y desea el bien de la iglesia, tal vez no exista un camino más loable para procurar ese bien que el ministerio eclesiástico. Esto no significa que no existan otras formas relevantes de servir a la iglesia. De hecho, si un hombre no edifica el cuerpo de Cristo sin ser ministro, mucho menos lo hará siéndolo.

Pero debemos reconocer que el ministerio tiene un impacto profundo en la vida de la iglesia. La Escritura muestra una y otra vez que el liderazgo marca una pauta sobre la condición espiritual del pueblo de Dios. Oseas 4:9 dice: “Tal como es el sacerdote, así es el pueblo”. Y rara vez el Señor llamó a cuentas al pueblo sin considerar también a sus reyes, sacerdotes y ancianos.

La historia de la iglesia confirma esto. No encontramos despertares, reformas o renovaciones profundas sin encontrar también nombres de hombres usados por Dios: Lutero, Calvino, Baxter y muchos otros. No porque ellos fueran el centro, sino porque Dios usa ministros para enseñar, guiar y edificar a su pueblo.

Por eso hay una palabra seria para quien aspira al ministerio: si no anhelas el bien de la iglesia con fervor, si no amas profundamente a la iglesia del Señor y las almas de tus hermanos, si no procuras su bien con tus fuerzas, entonces no deberías aspirar al ministerio.

Si puedes ver con indiferencia el pecado de otros, si no oras por quienes forman parte del cuerpo de Cristo, si no te preocupa la situación espiritual de los hermanos que se reúnen contigo, entonces, ¿por qué aspirarías al ministerio?

El ministerio no es para quien ama el cargo. Es para quien ama la buena obra.

Aplicación práctica para la vida cristiana

La explicación de 1 Timoteo 3:1 nos llama a recuperar una visión bíblica del liderazgo en la iglesia.

A los varones les llama a examinar si existe en ellos un deseo santo por servir a la iglesia. No un deseo de fama, ni de plataforma, ni de autoridad por autoridad, sino un anhelo por la buena obra. Si ese deseo existe, debe llevarlos a madurar, prepararse, servir, ser probados y cumplir los requisitos que la Escritura demanda.

A la iglesia le llama a valorar el ministerio. No podemos tratar el liderazgo como algo secundario. No podemos poner a cualquiera solo porque hay necesidad. No podemos despreciar a quienes Dios ha puesto a cuidar la grey. Debemos orar por ministros, formar ministros, sostener ministros y exigir ministros conforme a la Palabra.

Y a todos nos recuerda que, aunque no todos serán obispos, todos deben aspirar a una noble función dentro del cuerpo de Cristo. Todos deben buscar edificar. Todos deben amar la iglesia. Todos deben procurar servir con fidelidad.

Conclusión

El obispado representa una buena obra, una obra que Dios aprueba con su Palabra y con su evangelio. Y esto nos lleva finalmente a Cristo.

1 Pedro 2:25 llama a Cristo el Pastor y Obispo de nuestras almas. Él es el verdadero cuidador de su pueblo. Él entregó su vida por su grey. Él derramó su sangre en amor. Él cela con celo santo a cada uno de sus santos.

El evangelio nos muestra que Dios anhela una buena obra en medio de su iglesia. Por eso da obispos, pastores y ancianos que cumplan esta noble función: guardar, alimentar y edificar su cuerpo.

Pero todo ministro fiel no es más que un reflejo débil del Pastor perfecto. Cristo es quien cuida a su iglesia. Cristo es quien la lava con su sangre preciosa. Cristo es quien la prepara para presentarla como una novia sin mancha ni arruga.

Esta es la verdadera explicación de 1 Timoteo 3:1: aspirar al obispado es aspirar a una obra solemne, responsable y buena, siempre que el corazón busque el bien de la iglesia y la gloria de Cristo.

Que el Señor levante hombres aptos, fieles y santos para cuidar su grey. Y que nos dé una iglesia que valore, ore y trabaje por esta obra aprobada por Dios.

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